Hay valores que no pasan de moda. El respeto por lo que recibimos y la responsabilidad de lo que dejaremos son dos de ellos. Por eso, hoy me dirijo a vosotros para reafirmar un compromiso que no es un eslogan ni una tendencia: la sostenibilidad como una forma seria, constante y coherente de entender la vida universitaria.
Nuestra Universidad ha crecido con el esfuerzo de muchas generaciones. Ese legado —hecho de estudio, servicio y comunidad— nos obliga a mirar al futuro con la misma seriedad con la que otros cuidaron antes de nosotros lo que hoy disfrutamos. Sostenibilidad, en el fondo, significa eso: administrar bien lo común, evitar el desperdicio, mejorar lo que hacemos y hacerlo con criterio.
Este compromiso se concreta en tres líneas de acción claras:
En primer lugar, impulsar hábitos responsables en toda la comunidad universitaria. La sostenibilidad se construye con decisiones diarias: el uso eficiente de la energía, la reducción de residuos, el consumo consciente y el respeto por los espacios que compartimos.
En segundo lugar, integrar la sostenibilidad en la vida académica y en la experiencia universitaria. Queremos que nuestras actividades, programas y proyectos promuevan una mirada madura y comprometida con el cuidado del entorno, formando profesionales capaces de mejorar la sociedad también desde la responsabilidad ambiental.
Y, en tercer lugar, mejorar e innovar en los procesos y recursos de nuestros campus para reducir nuestra huella y compensar su impacto. Esto implica revisar, invertir, medir y corregir. Lo que no se mide, no se mejora; y lo que no se mejora, se abandona.
Os invito a vivir este compromiso como parte natural de nuestra identidad: con sentido práctico, con constancia y con orgullo de pertenencia. Cuidar la casa común no es una tarea de unos pocos; es un modo de estar a la altura de la Universidad que queremos ser.
Con mi agradecimiento por vuestra implicación y con la confianza en que, juntos, sabremos hacerlo bien.