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El consumo de refrescos y alimentos procesados puede favorecer la resistencia a antibióticos
18/11/2019
Profesores Microbiologia Biotecnologia CEU USP

El Grupo de investigación de Microbiología, Biotecnología microbiana y resistencia antibiótica integrado por los doctores Marina Robas, Pedro Jiménez y Agustín Probanza en colaboración con el grupo de investigación liderado por el profesor Carlos Bocos, han analizado el perfil de resistencia a antibióticos de la comunidad microbiana –ceno-antibiograma– en heces de ratas macho Sprague-Dawley. 

Los resultados de este estudio revelan que aquellos animales que, en la segunda generación, son alimentados con una dieta alta en sal y fructosa, es decir, el equivalente a la dieta occidental, muestran en comparación con los grupos control, niveles más elevados de resistencias a antibióticos, algunos de uso frecuente para el tratamiento de infecciones en humanos, como la amoxicilina, incluso cuando ésta se administra junto con ácido clavulánico.

Estos animales proceden de madres que durante la gestación consumieron agua o fructosa en el agua de bebida. Una vez alcanzada la edad adulta consumieron fructosa, fructosa con sal -componentes de la dieta occidental- o simplemente agua; en todos los casos junto con una dieta sólida estándar. Aunque son necesarios más ensayos, este primer estudio pone de relieve una vinculación potencial entre el consumo crónico de una dieta enriquecida con fructosa y el incremento en la expresión de la resistencia a antibióticos en la comunidad microbiana intestinal. 

La fructosa es una parte integral de la dieta humana y aparece de forma natural en multitud de alimentos como en la fruta, la miel o las verduras. Desde el año 1960, la industria alimentaria ha introducido el jarabe de maíz alto en fructosa como sustituto de los azúcares, lo que ha desencadenado un incremento exponencial de su consumo. La importancia clínica y metabólica de este azúcar está todavía en discusión; si bien, este incremento se ha relacionado con enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes. 

Estudios recientes han demostrado que tanto la actividad funcional como la composición de la microbiota intestinal están directamente relacionadas con la dieta. En este sentido, las alteraciones en la composición podrían estimular un incremento de la capacidad de resistencia a antibióticos; así como favorecer su transmisibilidad. 

Según la OMS, la resistencia bacteriana a los antibióticos es responsable de la muerte de unas 700.000 personas al año en el mundo. Esta cifra se estima que seguirá incrementándose hasta alcanzar cifras de 10 millones de fallecimientos al año en 2050. Resulta, por tanto, interesante conocer factores de la alimentación que puedan agudizar este problema de salud pública global. 


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