Al asomarse a este vasto panorama de la pobreza, el cristiano se apercibe de que los pobres son los preferidos de Dios y de Cristo.
Si nadie debe ser excluido del amor, con mayor razón hay que amar a los pobres, que constituyen una presencia especial del Señor por haber querido éste identificarse expresamente con ellos, como consta en el conocido texto de Mateo: "Tuve hambre y me diste de comer; estuve sediento y saciasteis mi sed; fui forastero y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme" (25, 35-36).
De ahí por tanto, el amor preferencial hacia los pobres. Es más, los cristianos queriendo llegar al encuentro con la persona misma del pobre, que es nuestro hermano, habremos de promover formas nuevas de amor a los más necesitados. Ha llegado la hora de que entre en acción una imaginación que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno. Dicho de otra forma, el necesitado y beneficiario de nuestra acción solidaria, debe sentirse como en su propia casa.
Urge de forma especial la ayuda a los pobres que son víctimas de la droga y del Sida; la acción de asistencia a los transeúntes y a los abandonados en las calles de las grandes urbes; el cuidado y la atención de los ancianos, particularmente de los desamparados; la preocupación por los deficientes físicos, psíquicos y psicofísicos; el acompañamiento de los encarcelados; el encuentro frecuente con los enfermos; la acogida generosa y la integración digna de los inmigrantes y de sus familias; la ayuda personal y económica al tercer mundo; la denuncia de la injusticia, el prestar la voz a los que no tienen voz.
Aunque es mejor enseñar a pescar que regalar peces, hay personas a las que es necesario comenzar proporcionando una comida y un techo.
Es verdad que determinadas formas de pobreza podrían erradicarse con un cambio ideal de las personas y de las estructuras.
Pero ¿qué ocurre mientras cambian las estructuras?. Y ¿qué hay que hacer con personas que mañana pueden ser distintas, pero que hoy tienen hambre, sienten frío, les falta ropa, adolecen de la mínima higiene y no saben dónde pasarán la noche?.
A estas personas hay que ayudarlas ahora y aquí, sin dilaciones, apenas se acerquen a la puerta y llamen.
Para ello existen varias obras que ayudan en este sentido, están entre otros; Los Hermanos de San Juan de Dios, el comedor de Soqui, el Padre Enrique con la casa en la Calle Mayor, la "Casa para los pobres", abierta con la finalidad de acoger a las personas sin techo en las frías noches de otoño e invierno. Quieren "hacer sentir a estos hombres, que lo han perdido todo en el mundo, el amor con que han sido amados por Dios, desde toda la eternidad, siendo instrumentos de su caridad, a fin de llevar a sus vidas, el consuelo y la esperanza, la reconciliación y la paz, la compañía y la luz que sólo Dios puede dar."
La enfermedad, sobre todo cuando es seria o grave, constituye también una forma radical de pobreza. A través de la enfermedad descubre el hombre la otra cara de su rostro, el carácter contingente y amenazado de su ser.
Pero la experiencia de la enfermedad es bifronte. Como situación límite de la existencia, puede ser vehículo del encuentro del hombre consigo mismo, con su misterio constitutivo, y servir de catapulta para el encuentro del enfermo con Dios. Pero puede ser también motivo de desesperación y de angustia, pues la enfermedad nos sitúa ante la realidad de la muerte, misterio contra el que se rebela el hombre desde lo más profundo de su ser.
Por eso, es necesario mantenerse cerca del enfermo, acompañarle en el proceso de la enfermedad, mostrar una viva preocupación por él, sabiendo que necesita una voz amiga que cuida de su persona.
El enfermo se siente débil, desprotegido,vulnerable. Todos hemos pasado por la enfermedad de una forma u otra y nos hemos sentido así, incluso peor. El voluntario puede aportar al enfermo seguridad, protección, cariño, complementariedad, apoyo.... Es un gran bien el que se puede hacer a una persona enferma. Basta pensar cómo nos gustaría ser tratados en estos casos, especialmente si nos encontramos solos.
En un momento histórico en que la vida se prolonga cada vez más y en que asistimos al abandono de los familiares molestos así como a la reivindicación exasperada de la autonomía del individuo, acecha la tentación de olvidarnos de nuestros mayores.
Como los ancianos molestan en casa y no se sabe qué hacer con ellos, se les deja en su domicilio, se les permite, a regañadientes, vivir en el hogar de los hijos o se les interna, en ocasiones y muy a su pesar, en residencias preparadas al efecto. En muchos casos, se les condena al olvido, a la indiferencia, a la condición de elementos extraños que estorban en nuestra vida, pero que no hay más remedio que soportar, sin recordar todo el bien que nos hicieron sólo por el hecho de habernos dado la vida, y si en verdad su conducta no fue intachable, sin acabar de perdonar las ofensas recibidas.
En este caso, como en otros, la pobreza no consiste tanto en la falta de los medios materiales necesarios para vivir, cuanto en la ausencia de integración familiar, en la falta de cariño y de afecto, en la crisis profunda que supone para la persona no significar nada para nadie.
Cristo nos urge a humanizar la ancianidad, lo que no se logra llevándonos de excursión a los ancianos o creándoles la ilusión de revivir la primevera de su juventud por medio de situaciones un tanto ficticias y con las que sólo se logra hacer que huyan de su realidad concreta.
Humanizar la vejez es tomar en serio al anciano, reconocer los valores propios de la ancianidad, hacer que sean conscientes de lo que pueden aportar a la educación de las nuevas generaciones, contribuir a que se enfrenten consigo mismos, con su realidad concreta, preparar sus personas para el día decisivo en que Dios les llame.
Desgraciadamente es una realidad la soledad en la que viven muchas personas mayores, sin recibir visitas de ningún familiar o amigos, lo cual los lleva a ir dejándose morir lentamente al pensar que no sirven para nada ni para nadie. También se puede hacer mucho bien en este campo y existen ONGs que se dedican a la atención domiciliaria de estas personas.
El hombre preso vive una situación límite de pobreza. Si está preso por delitos cometidos, entonces su pobreza es una pobreza moral que le atormenta desde dentro y le hace reo ante su conciencia, el peor de todos los jueces.
Si está preso injustamente, entonces su persona se atormenta más todavía, pues se ve amenazada por el absurdo y por el sinsentido de la existencia.
Y, tanto en un caso como en otro, el preso se ve siempre privado del ejercicio de la libertad, de la libertad de movimiento.
Dicho en síntesis, el preso se percibe encadenado interior y exteriormente. Lo peor de la psicología del preso es la percepción de haber sido aplastado en su alma y en su cuerpo, habiendo quedado, sin embargo, en vida.
Inmerso en tal pobreza, el preso necesita de una fuerte ayuda espiritual.
Esta ayuda no puede venir sólo del psicólogo ni del abogado. El primero puede ayudarle a hacerse autoconsciente, pero no le puede librar de la culpa ni de la falsa conciencia del sinsentido de la vida. Y el abogado le ayuda a librarse de las cadenas exteriores, pero al igual que el psicólogo, no le libra de las interiores.
De ahí que sea tan importante la pastoral penitenciaria, dirigida a escuchar al preso, a hacer que se enfrente con su verdadero rostro, a que acepte su pecado o supere la conciencia del absurdo, a que se abra a Dios, a que espere contra toda esperanza. Pues sólo Dios puede romper las cadenas interiores del pecado y del sinsentido.
El pueblo de los niños, con dos mil millones de seres en el mundo, es el más numeroso del planeta y el más indefenso. Toda la atención que podamos prestarles será siempre poca, pero es una de las que más satisfacciones proporciona.
Los voluntarios que han estado este año ayudando a niños con dificultades manifiestan que es inexplicable la felicidad que se siente cuando les enseñas a hablar o a andar, cuando dicen tu nombre como pueden, o cuando al verte, se tiran a tus brazos. Cuando mienten y les enseñas que ellos no son mentirosos y cambian su actitud porque te fías de ellos y no quieren defraudarte cuando sienten y ven que el voluntario les quiere de verdad, sin pedir nada a cambio, les respeta, ayuda, enseña y están con ellos, compartiendo sus problemas y sus alegrías como un amigo mayor.
Los niños que sufren están aquí, a nuestro lado, en nuestras ciudades y cerca de nuestra casa: niños maltratados física y moralmente, niños abandonados, centenares de niños que pasan sus primeros tres años en la cárcel con sus madres presas, niños con enfermedades incurables, disminuidos. Las organizaciones que los atienden precisan de manos para atenderlos, para cuidarlos, para abrazarlos, para llevarles alegría, distracción, educarlos, ayudarles en sus múltiples necesidades.
Dedicar un tiempo a la semana al cuidado de niños y de jóvenes es muy gratificante. El papel de alguien que los conozca por su nombre es muy importante para su crecimiento y desarrollo como persona. Es necesaria la constancia en el servicio, no podemos defraudarles porque de eso ellos, en la mayoría de los casos, ya saben mucho, demasiado.
El desarrollo completo del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad. Esta labor gravita en primer lugar sobre las naciones más favorecidas.
El hambre sigue asolando continentes enteros. Varios son los llamamientos hechos para remediar esta situación. Pero lo realizado no basta. No se trata sólo de vencer el hambre. Se trata de crear una humanidad en la que el pobre Lázaro -los pueblos débiles- pueda sentarse a la misma mesa que el rico de la parábola- las naciones desarrolladas-. Hoy día los pueblos ricos tienen gravísimos deberes que cumplir. El deber de solidaridad de las personas es deber también de las naciones. La situación exige programas concertados de acción conjunta, no meras ayudas ocasionales. Todo derroche público o privado es un escándalo intolerable. Los gastos de la ostentación deben surtir un fondo de asistencia para el desarrollo.
Es indispensable el diálogo entre los pueblos para organizar este desarrollo solidario. Está en juego la vida de los pueblos pobres y la paz del mundo entero. El mundo está enfermo de falta de fraternidad a escala individual y colectiva. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber. Hay que darse prisa. Muchos hombres sufren y aumenta la distancia que separa el progreso de los unos del estancamiento y aun retroceso de los otros. Sin embargo es necesario que la labor que hay que realizar progrese armoniosamente, so pena de ver roto el equilibrio que es indispensable.
El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre.
Estos párrafos anteriores están entresacados de la encíclica "Populorum Progressio" de Pablo VI datada a 26 de marzo de 1967. Desgraciadamente, estas palabras siguen estando de actualidad por la creciente necesidad de poner freno a las situaciones de desigualdad, pobreza, miseria, hambre, que vive el mundo actual.
Los datos revelan el deber de ayudar a los más desfavorecidos y de la urgencia de esta ayuda; hay más de 800 millones de personas que no disponen de alimentos suficientes y unos 500 millones padecen desnutrición crónica, de ellos, 160 millones son niños. 1.300 millones de personas -casi la cuarta parte de la población mundial- viven por debajo del límite de la pobreza.
Cada día, más de 50.000 niños mueren de hambre o de enfermedades, cada año mueren 500.000 mujeres por parto, 100 millones de seres humanos se han visto obligados a abandonar sus hogares, cada año un millón de niños y niñas ingresan en el mercado de la prostitución, más de mil millones de seres no tienen acceso al agua potable, hay más de 100 millones de minas antipersonales sembradas por el mundo y cerca de 700 millones de seres no tienen vivienda.
Baste decir que el 18% de la población mundial consume el 87% de los bienes de la tierra y decide los destinos del 82% restante. Ante esto, no podemos cruzarnos de brazos ni echar la culpa a los demás (Vid. Manual del Voluntario. Solidarios para el Desarrollo, 2001, p. 27).
En definitiva, las diferencias económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre los pueblos provocan tensiones y discordias y ponen la paz en peligro. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres.
Con el término emigrante nos referimos a prófugos y exiliados en busca de libertad fuera de su país, pero igualmente a jóvenes que estudian en el exterior, y a todos aquellos que dejan el propio país para buscar en otro mejores condiciones de vida. El fenómeno migratorio que más viene preocupando en España es el que obedece a causas económicas. Una verdadera riada de extranjeros, procedentes de diversos lugares, penetra en nuestro país. Dicho en síntesis, los inmigrantes vienen buscando el bienestar que nosotros disfrutamos, y nosotros necesitamos muchas veces de su trabajo para mantener un nivel de confort que de otro modo se derrumbaría.
El interés por entrar en nuestro país, se ve descompensado muchas veces porque el beneficio realmente redunda en las mafias de los países de origen que hipotecan, en muchas ocasiones, gran parte del trabajo que realizan durante años. Por otro lado, los países receptores, en ocasiones, no pueden hacer frente a esta avalancha migratoria, lo que produce tensiones de costumbres, culturas y civilización.
El Santo Padre dice “que el criterio para determinar el límite de soportabilidad del número de inmigrantes no puede ser la simple defensa del propio bienestar, descuidando las necesidades reales de quienes tristemente se ven obligados a pedir hospitalidad”.
Por eso la regulación de los flujos migratorios prevista en la nueva ley, debe evitar que los trabajadores inmigrantes se vean reducidos al papel de simples instrumentos de producción. Asimismo, una acertada aplicación de la ley debe permitir a los inmigrantes gozar de un estatuto de residencia permanente y salir de toda precariedad legal y sociolaboral, así como facilitar a las autoridades la persecución de las mafias sobre el tráfico de personas. La atención espiritual y material que deben prestar las comunidades cristianas a los inmigrantes, afecta a todo extranjero, sea cual sea su raza, cultura y religión.
Debemos destacar que existen organizaciones que están trabajando en ayudar a estos inmigrantes y, como se puso de relieve en el Congreso Internacional de Caridad y Voluntariado celebrado en Murcia en Febrero de 2002, entre ellas podemos destacar a Cáritas que tiene como una preocupación preferente la inmigración en nuestro país, teniendo en cuenta que Jesús fue también extranjero en Egipto. Sin irnos tan atrás en el tiempo, nosotros también hemos salido a buscar mejores condiciones de vida en el extranjero hasta hace relativamente poco. La regla de oro de tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen en esas mismas condiciones, puede aplicarse en esta materia.