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 Acto de Apertura

Intervención del Gran Canciller
Alfonso Coronel de Palma Martínez-Agulló

Excmo. Rector Magfco. de la Universidad CEU San Pablo,
Excmo. Sr. Director General de la Fundación Universitaria san Pablo-CEU,
Excmos. Sres. Rectores Honorarios,
Excmos. e Ilmos miembros del Patronato y de la Dirección de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU y del Consejo Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas,
Excmos. e Ilmos Sres. Vicerrectores, Secretario General y Decanos, tanto de la Universidad CEU San Pablo, como de la Universidad CEU Cardenal Herrera y de la Universidad Sergio Arboleda que nos acompañan,
Dignísimas Autoridades Eclesiásticas, Civiles y Militares,
Muy querido Alcalde José Maria Álvarez del Manzano, que es miembro de este claustro realmente,
Excmo. Sr. Inspector General de Sanidad,
Claustro de Profesores,
Personal de Administración y Servicios,
Queridos Alumnos,
Padres y Familiares,
Señores y Señoras.

Gran Canciller-Intervención

Todo acto de inauguración de curso, como tantas veces me han escuchado, significa un acto lleno de propósitos y de mantener profundamente vivas las esperanzas y los planes que se van a llevar a cabo durante el mismo y éste aunque para algunos, como en mi caso, pueda ser de despedida -no todavía hasta la segunda quincena de noviembre-, pero sí de despedida formal en cuanto a estar al frente de este acto, aunque espero en breve estar con presencia de todos ustedes en otro: el acto de la investidura del nuevo doctor honoris causa de esta casa, no debemos dejar por tanto de perder de vista ese concepto de todo lo que nos vamos a proponer y todo lo que vamos a llevar a efecto.

Permítaseme antes dar la enhorabuena al Profesor Laíta, felizmente incorporado a nuestro claustro universitario, por su magnifica exposición, lección magistral, que hasta los que somos de letras hemos podido seguir, con lo cual el profesor tiene un gran mérito, y también las palabras de agradecimiento al Secretario General por su Memoria y por la referencia que ha hecho a mi persona. Y tomo la expresión memoria porque puede servir seguramente para estos minutos en los que me voy a dirigir a ustedes.

Prefiero tomar la acepción como potencia del alma y, a mi juicio, como fundamento real para poderse contestar uno a las preguntas que en la vida le surgen, a las preguntas que a todo hombre desde todo tiempo le surgen, y sólo desde la memoria puede existir fundamento verdadero para su contestación.

Desde esta misma tribuna, y creo que después de tantos actos de inauguración que he tenido el honor de presidir y de estos 9 años con ustedes, que se cumplirán el día 6 de noviembre cuando tristemente falleció mi muy querido Rafael Alcalá Santaella, insigne profesor y maestro de tantas cosas, y que hizo que sobre mí recayese la responsabilidad de asumir en funciones la presidencia de esta institución; permítanme si se puede, recalcar no tanto como otros años, cuál es el deber que ustedes tienen, sino al fin al cabo, cuáles han sido o han intentado ser mis obligaciones al frente de esta casa.

La primera de todas es: yo soy ceuista, pero no soy ceuista porque sea presidente de esta institución, soy ceusita porque estudié en esta casa, estudiaron mis hermanos, porque estudió quien hoy es mi mujer, fue mi novia, además fue mi novia siendo alumna de esta institución; por una larga tradición familiar soy ceuista y llevo el CEU en mi corazón, aunque no hubiese sido miembro de la ACdP, porque el CEU de por sí como obra eclesial adquiere una grandeza y una idiosincrasia propia que hace que sus miembros, que todos sus miembros se tengan que considerar de esta casa.

Obviamente en mi caso yo sé que a algunas personas de este claustro les enfada, pero lo tengo que decir con la mano en el corazón. Ya saben que dentro de ser ceuista llevo el rojo en mi corazón, llevo el rojo del derecho y, en ese sentido, tengo que seguir agradeciendo a mi Facultad de Derecho los esfuerzos insignes y el alto nivel y cota que siguen alcanzando. Como ya conocen, esto es una guerra dentro del CEU: cuál es el centro que prima o no prima, pero los que somos antiguos alumnos de esta casa sabemos que el Derecho ha tenido una grandísima importancia y nos enorgullecemos profundamente de que la siga teniendo

Desde ese cariño al CEU, por razones que yo en mi vida pude imaginar, mucho menos cuando estaba en esta misma aula pero en esas sillas muchos más duras de las que ahora tenemos -gracias a Dios lo hemos puesto más cómodo- nunca pude imaginar, desde ahí, que un día me tocase la labor de llevar adelante la Fundación Universitaria San Pablo-CEU y expresamente por qué no decirlo, su buque insignia, el buque insignia de la Fundación, porque seguramente el buque insignia de formación de la Asociación Católica de Propagandistas es, será y espero que lo sea toda la vida el Colegio Mayor de San Pablo por una cuestión absolutamente lógica, como es la capacidad real y efectiva de poder vivir, que es punto esencial para educar a los chicos que en él están, pero obviamente dentro de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU la Universidad es sello.

La situación que a mí me tocó, les prometo que no me voy a enrollar mucho pero permítanme que se la cuente, era realmente compleja. Se trataba de la transición de una vieja escuela de Colegio Universitario, magnífica, de la que por otro lado me siento orgulloso de pertenecer a ella, a la transformación en una Universidad, por fin ser Universidad; y con ello toda una serie de cambios mucho más profundos de los que seguramente nadie se podía imaginar, incluso antes de acometerse.

No tenía sentido en ese momento seguir manteniendo la estructura de los colegios universitarios ante datos reales y efectivos de los que ya teníamos conocimiento, como era una grandísima crisis demográfica perfectamente contrastable en el ámbito universitario, ya que los niños no nacen con 18 años, una proliferación de universidades fundamentalmente publicas y más que universidades una proliferación de titulaciones, facultades, que elevaba de manera exponencial la realidad de la oferta universitaria. Junto con ellas una sana -yo creo que siempre buena- competencia de la universidad. Era posible pensar desde ese momento qué buenos, grandes y maravillosos hemos sido y aquí está o era necesario acometer reformas importantes, difíciles, yo lo sé -para qué les voy a engañar- muy duras, que se tenían que llevar a cabo.

La contestación podía tener dos sentidos, como casi todo en la vida tiene dos sentidos y como todas las decisiones tienen dos puertas: la puerta cómoda, individualista, particular, seguramente que hoy se estila más, la de no tener problemas y que nadie los tenga, hubiese sido la de no hacer nada. ¿Por qué?, porque esta institución tan saneada y que sigue estando tan profundamente saneada, hubiese podido soportar perfectamente, en el cálculo que uno en ese momento podría hacerse de su mandato, a lo sumo cuatro u ocho años en todo caso, hubiese soportado solamente no hacer nada, no hacer profundamente nada, con una consecuencia no dicha por mí, sino por los expertos que en su momento fueron llamados por mi antecesor en el cargo, una consecuencia que era inevitable: el fallecimiento de un modelo, no por malo, sino por antiguo y ya por desuso, y la no implementación de uno nuevo.

Entiendo que haber obrado así hubiese generado entre comillas “más amistades, más cariños, menos difamaciones, menos insultos, y estar uno más contento artificialmente”, pero en mi caso, y yo sé que en el de muchas de las personas que hoy están con nosotros, me hubiese impedido algo que mis queridos padres jesuitas me enseñaron desde niño y, antes de acudir a ellos mis padres y mis abuelos, que se llama sencillamente examen de conciencia, y los que no lo llaman así deberían mirarse al espejo.

No hubiese sido capaz. Hubiese sido más cómodo y más fácil, pero entendí en ese momento que era mejor acometer una labor tan difícil como era la de la transformación de la Universidad, sabiendo además desde el principio que nada a título particular me iba en ello, lo cual produce una profunda libertad y que había y hay -por qué no decirlo así- potencias suficientes para llevarlo a efecto.

Ha sido un recorrido muy largo, un recorrido muy difícil y sigue siendo un recorrido largo y difícil, porque querer ser Universidad no basta con ponerlo en ese panel. Querer ser Universidad es una constante de trabajo diario y de asunción de hábitos profundamente universitarios, los cuales no voy a recordar, y que hay que batallar día a día con los mismos. Implica una labor de excelencia real, una labor de identidad seria y, sobre todo, de algo que también se pierde constantemente en nuestros días: de vocación. Como son ustedes ilustres académicos, permítanme que no explique el sentido de esas palabras pero si alguno tiene dudas de las mismas, recuérdelas en lo más profundo.

Pues bien, hoy cuando desde la bella Memoria de nuestro querido Secretario General que es la que me da pie a hablar de todo ello, se ha hablado de las excelencias de esta Universidad y también -por qué no decirlo de la propia Fundación-, soy consciente de que ese camino que nos hemos propuesto y que, sobre todo, han puesto ustedes a esta casa, se debe en parte al esfuerzo real y efectivo que entre todos hemos llevado a cabo.

Yo les diría que en el futuro sigan apostando por eso, sigan apostando por la Universidad de la excelencia, sigan apostando por la Universidad de los maestros, sigan apostando por la Universidad en la que cada uno tiene todos los días que preguntarse si de verdad tiene vocación para estar delante de un joven, o si está aquí por otras múltiples razones, y sigan sabiendo, como siempre he dicho, que al fin y al cabo quien trata con un joven y no está vocacionado para ello seguramente está realizando uno de los actos más indignos que se pueden hacer en la vida; no está robando una cantidad de dinero, no está seguramente matando a nadie, pero está perturbando el camino de una persona que se ha puesto en sus manos para formarse y conocerse. Cada uno –insisto- se haga examen real, diario y efectivo de por qué esta Universidad, de para qué esta Universidad.

Ángel Herrera decía el Niño Astro Rey en el que ha de girar toda nuestra actividad, pero eso no vale como una pura declaración institucional, vale como una acción de naturaleza personal, por eso, en ese camino ha sido nuestra obligación llevarlo a efecto acompañado del Patronato y de todos los miembros que han concurrido de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, y acompañado de los tres Rectores, dos de ellos hoy se encuentran aquí, cuya labor ha sido realmente necesaria, de las Juntas de Gobierno, de los profesores, del personal de administración y servicios y de otras muchas personas.

Mi labor, y la labor del Patronato fundamentalmente sigue siendo, seguirá siendo la misma: hacer todo lo posible, todo lo que esté en nuestras manos para que ustedes puedan ser de verdad Universidad. Sé que es difícil, es muy difícil hacer una Universidad de iniciativa social católica, porque obviamente son muchos los años donde la tradición universitaria plena se ha roto en España. Es muy complejo ser capaz de formar en esta nueva forma -perdonen la expresión- que se engarza con la antigua, de llevar a efecto la Universidad, pero sigo convencido de que es perfectamente posible, no sólo por los números que se han expuesto, por las realidades vitales que también se han transmitido, sino porque la potencia de la casa lo lleva a efecto.

Desde esa perspectiva y habiendo tenido tan recientemente el discurso universitario por excelencia, que debía estar enmarcado en todos los despachos de cualquier profesor, pronunciado por Benedicto XVI, el gran profesor Ratzinger, en la Universidad de Barcelona, por cierto tan mediáticamente diluido de su realidad por problemas más propios de la mentira que de la verdad, no me corresponde a mí poner una coma, cuando alguien ha dicho tanto de lo que es la Universidad y la razón en el mundo, sencillamente intentar hablar de ello ya sobra.

Pero sí permítanme insistir en algo que hemos venido hablando durante estos 9 años, que hemos tenido el gusto de compartir con ustedes, y es la actitud personal. Es cierto, como nos decía nuestro querido Rector, José Alberto Parejo, que después de la excelente homilía de nuestro Obispo Consiliario Don César Augusto Franco, podría resultar que sobra decir más, pero déjenme volverlo a decir y volverlo a reiterar: uno puede generar instrucciones, idearios, estatutos, leyes, normas, todo lo que ustedes quieran, pero si al final el fundamento de las mismas, que somos las personas, no realizan su actividad y su actuación como tiene que ser, nada de eso sirve. Según la distancia sea mayor entre las personas que están en ese realidad y sus magnificas declaraciones, más vomitivos seremos frente a los otros, y cuanto más cercanos nos encontremos al cumplimiento de todas esas grandes ideas, principios o normas y nuestra actitud, más creíbles como diría el gran Papa Pablo VI, podremos llevarlo a efecto.

Pues bien, a la Universidad sólo hay algo que la hace creíble: ustedes. Nada más. Todos los demás podemos acompañar, ayudar, facilitar, pero el único que lo hace creíble es el maestro. Nada más. Y el maestro no sólo porque asuma más o menos unos idearios y unos principios, sino por algo mucho más sencillo, porque asuma su vocación y su función en la vida. Por eso, vuelvo a insistir, es imposible decir hoy nombres y apellidos de todos y cada uno de ustedes que me consta se vuelcan diariamente con sus alumnos, pero vuelvo a insistir en ello: la Universidad San Pablo-CEU no será grande sólo porque tenga ciertas instalaciones, firme determinados convenios o alcance tantas variedades como oímos en las memorias y que tan maravillosamente nos cuenta siempre nuestro Rector; sino que será profundamente grande porque cuando un joven o los padres de un joven traigan aquí a un alumno, se sepa que se va a estar de verdad con él, se sepa que de verdad se le va a dar una formación universitaria, se sepa que alguien se va a cruzar en su camino, que le va a orientar, que se le va a ayudar a discernir, incluso en su propia vocación, en el camino tan maravilloso de dejarse una juventud entre nosotros. Esa es la realidad de una Universidad. Todo lo demás es parte que la acompaña y la ayuda, pero ese es el fundamento.

Por eso yo les pediría que todos los días, no con un dedo señalador del otro sino con el dedo más grande que es el de hacia uno mismo, nos examinásemos diciendo -uno a uno- si cumplimos esa misión y, si al final, hay un problema en ese examen, fuésemos capaces de mirar a los ojos a nuestros alumnos, sabiendo si estamos realizando esa actuación con ellos. De ahí deriva la exigencia, porque damos todo y podemos exigir, de ahí deriva la entrega, de ahí deriva el amor, de ahí derivan cantidad de actuaciones que son al fin y al cabo nuestra situación ante la Universidad.

A los efectos ya de ir finalizando estas palabras, unas que seguramente no son de la ilusión, sino de la esperanza y el ánimo. Después de estos maravillosos 9 años estando con ustedes y compartiendo la vida de los académicos en mayor o menor medida, uno puede hacer resumen de lo malo y de lo bueno, pero déjenme hacer una recomendación personal: lo más bonito que hay en la vida es borrar lo malo, no juzgar a nadie y eso hace que todas las mañanas de verdad salga el sol, y sin embargo recordar profundamente lo bueno, seguramente para que de esa manera, sean más livianas las cargas que también día a día nos van llegando.

Son -y eso lo tengo que decir con la mano en el corazón- muchos más los buenos que los que no lo son. No dejemos entre nosotros que lo ruin, lo pequeño, lo miserable triunfe en esta institución y hagamos que el cumplimiento en silencio, diario y maravilloso, se lleve a efecto, porque eso es lo bueno de la institución. No dejemos, al fin y al cabo, que las prácticas de otras instituciones que nada tienen que ver con esta Universidad y que no podemos permitir que se lleven a cabo vengan a nuestras aulas y ensalcemos fundamentalmente no al que viene a difamar, a mentir, a cotillear o a señalar al otro, por cierto nunca -que lo sepan- han tenido cabida en mi despacho y alguna vez han sido expulsados, sino a todos aquellos que sin figurar en ningún lado cumplen diariamente de forma maravillosa su trabajo, porque la vocación de universitario es una vocación de anonimato. Su realidad está en el alumno y en la ciencia que transmite.

Pero con emoción se lo puedo decir, la gente de esta universidad en su gran mayoría es profundamente extraordinaria y sépanlo ustedes y háganme también un favor, aunque somos muy dados a juzgar, hagamos nuestra la máxima evangélica: No juzguemos para no ser juzgados, que será una de las máximas más maravillosas que se puedan llevar a cabo.

Ha sido para mí un honor poderles haber servido. Lo he hecho no desde la gratuidad como se dice, que es un dato puramente físico y real, sino desde algo mayor, que es el haberles servido desde la generosidad, no mía, sino especialmente familiar -de mi mujer y de mis cinco hijos- y en ese sentido estoy encantado de haberlo llevado a cabo. Es algo maravilloso que ningún humano puede tener si no le viene dado por otro o, al menos yo lo creo así, desde una santísima libertad que espero les haya ayudado para que esta Universidad CEU San Pablo siga, gracias a ustedes y a todos los que nos han de suceder, apuntando rectamente para ser una de las primeras constelaciones universitarias.

Muchas gracias.

Alfonso Coronel de Palma Martínez-Agulló
Gran Canciller

Universidad CEU San Pablo. C/ Julián Romea 23, 28003 Madrid.